
| Nicaragua – Ayer, mientras ascendía por las montañas de Jinotega, el sol se ponía en el horizonte. Del fondo del valle emergían nubes danzarinas que se mecían al compás de los vientos del norte, del sur y del este. Entonces mi alma contempló un océano de colores tan sublime, tan majestuoso, que mi admiración fue abalada cuando un niño -con su acento nicaragüense- le dijo al padre: "¡míre pápa, qué boníto el sol!" Así supe que había regresado a Nicaragua. |

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